| La escritura y la lectura de la esperanza O la risa más joven del mundo 30 de marzo de 2012 | |
Hay en la literatura algo que podríamos llamar esencialistamente “humor” y dividir así en dos a la literatura: poner de un lado aquélla que con buen humor se escribe y que con buen humor se lee, y poner del otro lado aquélla que desde el mal humor se crea y desde el mal humor se necesita. A la primera le hemos llamado “literatura infantil” y a la segunda le denominamos simplemente “literatura”.
Y es entonces el humor – no la complejidad o sencillez estructural, no el uso lingüístico, no la tipología de personajes –
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la cualidad que las distingue.
La intención “humorística” de la literatura infantil se origina, tiene su causa primordial, en el público lector al que se dirige. Dicho de una manera obvia pero al mismo tiempo provocadora: si no existiesen niños, no sería necesario el buen humor ni para leer ni para escribir. Este tipo de buen humor del que voy a hablar aquí es el humor más joven de la humanidad. Tiene apenas cien años de existencia y es preponderantemente un producto occidental. Si no se comete el error de confundir la fantasía con literatura infantil – y entonces no se piensa en Las mil y una noches, por ejemplo- y si no se comete el error de confundir los mitos y las leyendas con literatura infantil – y entonces no se piensa en la recolección de historias orales hecha por los hermanos Grimm, por ejemplo-, entonces podrá aceptarse la obviedad de que la literatura infantil nace con el concepto de “niñez” y que esta literatura es uno de los productos- junto con la psicología del desarrollo, la pedagogía, los derechos de los niños, etc.- de la llamada “centuria feliz”: los cien años en los cuales el mundo occidental quiso por primera vez en la historia hacerse cargo con toda conciencia y con entera dedicación de sus nuevas generaciones. Sí, el siglo XX. Cien años puede parecernos nada en comparación con la larga historia documentada y con la larguísima prehistoria de nuestra especie, y sin embargo, todos los seres humanos vivos provenimos de allí. Quienes actualmente poblamos el planeta –la humanidad en turno-, hemos nacido en ese siglo o en los primeros años de este siglo XXI, y salvo por poquísimas personas cuya edad oscila entre los ciento veinte y los ciento diez años, nosotros -el 99.99999999% de la humanidad actual- somos frutos de esta centuria. Sus hijos predilectos por ser sus únicos hijos. El “buen humor” con que se nos recibió al llegar al mundo a cada uno de nosotros no tuvo que ver con la risa y la sonrisa cultivadas por la literatura de todos los tiempos- esa gracia nacida en la comedia griega y que se fue ramificando en la literatura satírica, en las parodias, en los entremeses, en el humor negro, en la ironía, en el cinismo y etcétera, etcétera., etcétera.-. La gracia con que se nos envolvió como en aterciopelada manta y donde se nos meció como en maternales brazos fue un humor distinto, recién inventado, algo unido a la benevolencia, a la protección, a la delicadeza. Tal literatura benevolente, tal literatura que protege, tal literatura delicada es lo que en el presente texto denomino “buen humor”: el buen humor con que se escribe y el buen humor con que se lee el mundo a través de palabras y de historias cuyo sentimiento fundamental es la ternura. Tierno, según el diccionario es aquello “que se deforma fácilmente por la presión y es fácil de romper y partir”. La ternura en la literatura sería entonces la cuidadosa preocupación de traer, través de la palabra, un mundo que no haga daño. El buen humor inventado para hacernos cargo de quienes son vulnerables es -gracias a nosotros, los hijos predilectos que nos hemos convertido en padres y abuelos, gracias a nosotros, pues, y a nuestra terca creencia en la posibilidad de modelar nuestra condición humana - la principal puerta de acceso a la realidad que desde hace cien años atraviesan las nuevas generaciones. El “ábrete sésamo” de esta puerta hecha de papel conduce a la niñez a un lugar que se parece la realidad. Sólo se le parece. Es un simulacro, un escenario casi teatral, cuyo fin - allí lo deseamos y allí lo trabajamos: el deseo y el trabajo a través de la palabra- es dar la mejor versión de nuestra especie y de la civilización que hemos creado. Analógicamente podría decirse que los frascos con tapas imposibles de abrir, los productos químicos puestos en las estanterías más altas de las casas, los protectores de cada contacto eléctrico, las armas o los instrumentos cortantes y pesados guardados bajo llave, provienen de la misma preocupación y ocupación con que la literatura infantil procura cuidar a los niños. Todo este diseñado medio ambiente de los hogares, cuyo propósito es impedir que los niños se lastimen a sí mismos, tiene su parangón en el diseño del mundo que se elabora a través de la palabra y la ficción. Lo que hace la literatura infantil en el plano mental es impedir que ciertas ideas, saberes, verdades, intoxiquen, corten, machuquen, enfermen a los niños. Pero si el diseño del entorno hogareño y de los otros espacios físicos donde suelen residir las nuevas generaciones –jardines, parques, escuelas- se fundamenta en la sustracción: restar para poner buena parte del mundo fuera del alcance de sus manos o, en sentido contrario, para poner a los niños fuera del alcance de las manos del mundo, el diseño el medio mental se fundamenta en una operación distinta. Contra lo que pudiera pensarse – y quizá por eso no ha hecho falta elaborar una historia de la censura en la literatura infantil - la sustracción no es la piedra de toque de la literatura infantil sino la sustitución. La magia de dar gato por liebre. Y no voy a hablar del contenido metafórico y alegórico de esta literatura –darnos lo figurado por lo literal- , ni de su exagerada antropomorfización – darnos animales y cosas animadas por humanos-, ni de su didactismo abusivo- darnos enseñanza por diversión-, rasgos todos que nuevamente son una consecuencia y no una causa de la literatura infantil. La esencia sustitutiva de la literatura infantil es la obligada puesta en escena de una versión del mundo, de una versión benevolente, protectora, delicada y tierna del mundo, para evitar que se hagan daño, y tal arquitectura de la sustitución tiene su perenne fundamento en el “buen humor” de la literatura infantil. Me explico: tanto a la hora de crearla como a la hora de exponerse a ella a través de la lectura, el estado sentimental exigido se resume en la palabra “celebrar” y todas sus derivaciones lingüísticas: celebrar el mundo, hacerlo celebrable, darle celebridad, descubrir lo celebratorio, compartir la celebritud, e incluso hacer celebramen, hacer celebrancia, hacer celebraje: sí, alabar, aplaudir, venerar lo que somos los seres humanos y lo que hemos hecho del mundo. El toque de Midas para quien escribe y para quien lee literatura infantil es el ejercicio del pensamiento utópico. No soy ingenuo. Sé bien que la mayor parte de la literatura infantil que hemos hecho y que hacemos hoy en día no se toma, digámoslo así, muy en serio este humor y lo que significa, de modo que buena parte de lo que hacemos es o bien una miniaturización de los otros humores – un kindergarten del sarcasmo, de la ironía, de la crueldad, del cinismo - o bien una fábrica de la seriedad mal entendida cuyos resultados son el didactismo y el moralismo. La tanta pobreza que sale de nuestras manos llega a tantos pobres ojos para empobrecer a tantas mentes. Supongo que es inevitable que parte de la literatura infantil sea víctima de esta pueril corrupción y de esta dictadura del economicismo, ambas derivadas de la misma incapacidad de simpatizar o, al menos, de empatizar con la naturaleza perceptual, afectiva, intelectual, y de sociabilidad de los seres recién llegados y en proceso de humanización. Ocurre así porque el “buen humor” de la literatura infantil es acaso el más difícil de todos los buenos humores inventados por la humanidad. Se trata de la esperanza, del ejercicio de la esperanza. Lo que quiero decir es que la sonrisa y la risa que se derivan de la esperanza se distinguen de aquellas otras sonrisas y risas manufacturadas para el mundo adulto que en realidad encubren el mal humor derivado del saber: saber lo que somos y saber lo que hemos creado. Por eso la ironía, la parodia, el sarcasmo, el humor negro, la sátira, el cinismo. Escribir y leer literatura infantil es por encima de todo el rito de esperanzar.
La maravilla de la literatura infantil para quienes la escribimos es probar una y otra vez la esperanza, probar hasta dónde puede ser llevada.
En realidad no hay mejor medio ambiente para trabajar la esperanza humana (Y no la desesperanza que podría ser una definición de “la otra literatura”) que las páginas pensadas para los niños: páginas como ventanas para asomarse al mundo sin riesgos, sin amenazas, sin peligro de quedarse, literal y figurativamente, sin cabeza. El trabajo de la esperanza humana se resume en un par de antiquísimas prácticas para hacernos de comida: la pesca y la agricultura. Digamos que de esperanza se alimentan los “espíritus” de la niñez y que entonces no tenemos sino dos opciones: pescarla o sembrarla, para que nuestras nuevas generaciones no se mueran de hambre Los buenos escritores de literatura infantil son aquellos que trabajan la esperanza pescándola o cultivándola. La mala literatura infantil no se trabaja. La pesca requiere de buenos observadores, de mucha paciencia, de sabiduría para reconocer los lugares propicios para lanzar las redes y recoger historias. Se trata verdaderamente de pescar lo celebrable de nuestra humanidad y nuestra civilización. Si dar una versión benévola del mundo es la función de la literatura infantil – piénsese en ese tapete que solemos colocar en los umbrales con la leyenda “Bienvenidos”-, los escritores pescadores dan entonces esa bienvenida a las nuevas generaciones con una estética ligada al realismo. Realismo purificado, esterilizado, neutralizado, podríamos denominarle así. Su trabajo es encontrar de nuestra humanidad y de nuestro mundo, aquello que es rescatable, digno de multiplicar en ejemplo, merecedor de preservación, y dárselos a los niños como regalo a través de historias. El “BIENVENIDOS AL MUNDO” de los escritores agricultores es distinto. Lo suyo no son los alimentos terminados y listos para consumir, sino las semillas. Lo que estos escritores ven no existe todavía y por eso se necesita de aún más paciencia que la requerida en la pesca para hacer salir del suelo lo que tan fácilmente parece salir del agua. Cultivar una realidad inexistente, eso resume su faena. El regalo que dan los escritores agricultores a las nuevas generaciones es un universo paralelo. E intentan algo un poco delirante con ello: convertir la esperanza en fe. Una fe loca como toda buena fe, es decir, una que mueva montañas y que resucite muertos. Los escritores agricultores no dirían que es un engaño. Dirían que aprender mentalmente a deslizar montañas y aprender mentalmente a devolver la vida es parte del proceso de la siembra y de la germinación. Dirían que se trata de extender una creencia: la creencia en la creencia. Es decir, la fe en la fuerza de las manos y las cabezas y los corazones humanos para empezar a crear aquello en lo que han aprendido primeramente a creer. Dije antes provocadoramente que si no hubiera niños no existiría la necesidad del buen humor. Ahora diría que si el mundo no fuera lo que es, tampoco existiría la necesidad del buen humor. El buen humor – y esto va a sonar mal- protege del saber (mientras que el mal humor proviene del saber para aliviar momentáneamente de ese saber). Lo que quiero decir –y esto va a sonar peor- es que la verdad y la literatura infantil no se llevan bien. El buen humor de la literatura infantil proviene de su ausencia y es por su ausencia que florece. De hecho, todas las operaciones de sustitución de la literatura infantil son en realidad una sustracción mayúscula: la censura de la verdad. La literatura del buen humor reniega y le da la espalda a esa verdad que tarde o temprano alcanzará a las nuevas generaciones para descabezarlas o volverlas adultas. Es la verdad la que nos hace residentes del mal humor y de su breve antídoto: el humor amargo, irónico, sarcástico, cruel, paródico, cínico. Los escritores de literatura infantil tenemos una loca esperanza, una demencial fe: el yacimiento de buen humor de una generación puede hacer la diferencia. El mundo es una tabla raza para cada descendencia y treinta años pueden ser suficientes para extraer otra humanidad de la humanidad si llenamos la boca de sus espíritus con historias benévolas, protectoras, delicadas y tiernas. Es decir, si logramos darles la esperanza que todavía no saben que habrán de necesitar. Se trata ya no sólo de celebrar, del mundo nuestro y de la humanidad nuestra, aquello que haya de celebrable para que en su adultez no se mueran de hambre antes de tiempo, sino para que la propia vida de nuestra especie no siga los caminos del fin prematuro que, por desgracia, también, y tan bien, hemos sabido pescar de la vida y cultivar en la imaginación con el propósito consciente o inconsciente de llevarla al papel y así reduplicar en palabras y en historias, los actos que son antiregalos, los actos que son anticelebración, de una parte de nuestra humanidad que también busca multiplicarse y derramarse por el mundo y por las páginas como un final de la esperanza. Digamos que a la literatura infantil también ha llegado la guerra y lo que nos disputamos aquí son la sonrisa y la risa más jóvenes de la humanida: aquéllas que esperancen o aquéllas ya tan prontamente listas para desesperar y desesperanzar en el mundo por venir. 30 de marzo de 2012 Ricardo Chávez Castañeda | |
Armamos este blog desde la Coope del Granaderos para difundir este desafiante y hermoso proyecto,la 1° Feria del Libro "Libros para Devorar" que se hace en nuestra escuela abierta a toda la comunidad. Los esperamos a todos para disfrutar y enriquecernos de esos libros que nos enganchan y empujan hacia el infinito mundo de nuestra imaginación!!!
domingo, 6 de julio de 2014
Desde sus palabras...
...conozcamos a Ricardo Chávez Castañeda
sábado, 5 de julio de 2014
Un Té con Franco Vaccarini
Otro de los escritores que estarán en nuestra Feria!!!!
29 Oct 2011 07:32 pm
Por Silvia Portorrico
Franco Vaccarini es un verdadero trabajador de la palabra. Prolífico, exitoso, querido por sus lectores y colegas, recorre de manera incansable escuelas, ferias del libro, pueblos y ciudades, para encontrarse con su público. Los chicos y jóvenes que lo leen siguen las peripecias de sus personajes, disfrutan de sus ficciones; los adultos, lo eligen y recomiendan.
Franco nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires. De chico vivió en el campo, asistió a una escuela rural y ordeñó vacas junto a su padre y sus hermanos. Hizo la secundaria en la ciudad de Lincoln y fue para él descubrir un mundo fascinante que lo empujó, años después, a radicarse en Buenos Aires. En la contratapa de “El último día de invierno”, editado por Libros del Náufrago aclaran “llegó a la ciudad con un sueño indestructible: convertirse en escritor”. Y parece que logró su meta, porque ha publicado más de 45 libros y obtuvo en 2006 el importante premio El barco de vapor.
Nos encontramos en un bar de Palermo, llovía. La ocasión fue propicia para charlar. Siempre tengo curiosidad por saber qué leen los escritores, así que comencé, nomás, haciéndole una pregunta no demasiado original, pero muy útil a la hora de obtener buenas recomendaciones para mis propias lecturas.
Franco nació en Lincoln, provincia de Buenos Aires. De chico vivió en el campo, asistió a una escuela rural y ordeñó vacas junto a su padre y sus hermanos. Hizo la secundaria en la ciudad de Lincoln y fue para él descubrir un mundo fascinante que lo empujó, años después, a radicarse en Buenos Aires. En la contratapa de “El último día de invierno”, editado por Libros del Náufrago aclaran “llegó a la ciudad con un sueño indestructible: convertirse en escritor”. Y parece que logró su meta, porque ha publicado más de 45 libros y obtuvo en 2006 el importante premio El barco de vapor.
Nos encontramos en un bar de Palermo, llovía. La ocasión fue propicia para charlar. Siempre tengo curiosidad por saber qué leen los escritores, así que comencé, nomás, haciéndole una pregunta no demasiado original, pero muy útil a la hora de obtener buenas recomendaciones para mis propias lecturas.
¿Qué te gusta leer? ¿Qué tenés en este momento sobre tu mesita de luz?
El gran placer de este invierno: Amélie Nothomb. Por ahora leí “Cosmética del enemigo” y “Biografía del hambre”. Unos amigos hicieron una vaquita y ayer me regalaron “Diario de Golondrina”, de la misma autora. Esa vaquita les alcanzó también para “Materia dispuesta”, de Juan Villoro. Ahora bien, la composición de mi mesa de luz varía de estación en estación; a mí me gusta leer lo que ya sé que me va a gustar; pero cada vez estoy más dispuesto a leer lo que me recomiendan, a no privarme de autores que a priori sospecho que no son para mí. Y resulta que a veces son totalmente para mí. Para no enredarme en la selva de autores y libros que dan vueltas por mi vida todo el tiempo, voy exactamente a mi mesa de luz, y allí están “Kryptonita”, de Leonardo Oyola , “Camino a Aletheia”, de Victoria Bayona, “Edward Lear”, de César Aira y “La pluma y el bisturí”, un enorme libro sobre microficción de Luisa Valenzuela, Raúl Brasca y Sandra Bianchi. Está “Dóberman” de Gustavo Ferreyra. Están los “Relatos del Oeste californiano”, de Bret Harte. Y “Los Pichiciegos”, de Fogwill, una nueva y linda edición. Un libro que me regalaron hace tiempo de Pessoa “Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad”, son pastillitas pessoanas, por así decir. Y “Zama”, de Antonio Di Benedetto; “Misteriosa Buenos Aires”, de Mújica Láinez, que me viene deslumbrando; y los tres tomos de “Los miserables” de Víctor Hugo, un gigante. Mi mesa de luz es muy grande y tan arbitraria como el azar y mis gustos.
El gran placer de este invierno: Amélie Nothomb. Por ahora leí “Cosmética del enemigo” y “Biografía del hambre”. Unos amigos hicieron una vaquita y ayer me regalaron “Diario de Golondrina”, de la misma autora. Esa vaquita les alcanzó también para “Materia dispuesta”, de Juan Villoro. Ahora bien, la composición de mi mesa de luz varía de estación en estación; a mí me gusta leer lo que ya sé que me va a gustar; pero cada vez estoy más dispuesto a leer lo que me recomiendan, a no privarme de autores que a priori sospecho que no son para mí. Y resulta que a veces son totalmente para mí. Para no enredarme en la selva de autores y libros que dan vueltas por mi vida todo el tiempo, voy exactamente a mi mesa de luz, y allí están “Kryptonita”, de Leonardo Oyola , “Camino a Aletheia”, de Victoria Bayona, “Edward Lear”, de César Aira y “La pluma y el bisturí”, un enorme libro sobre microficción de Luisa Valenzuela, Raúl Brasca y Sandra Bianchi. Está “Dóberman” de Gustavo Ferreyra. Están los “Relatos del Oeste californiano”, de Bret Harte. Y “Los Pichiciegos”, de Fogwill, una nueva y linda edición. Un libro que me regalaron hace tiempo de Pessoa “Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad”, son pastillitas pessoanas, por así decir. Y “Zama”, de Antonio Di Benedetto; “Misteriosa Buenos Aires”, de Mújica Láinez, que me viene deslumbrando; y los tres tomos de “Los miserables” de Víctor Hugo, un gigante. Mi mesa de luz es muy grande y tan arbitraria como el azar y mis gustos.
Cada lector otorga un sentido particular a su experiencia literaria. Desde tu recorrido como lector y como constructor de ficciones ¿podrías definir qué significa para vos la literatura?
Una zona de tráfico intenso entre fronteras. De cómo desde el país de lo imaginario intentamos explicarnos qué es esa cosa tan extraña llamada realidad, en la que vivimos, amamos, crecemos y, todo hay que decirlo, morimos.
Una zona de tráfico intenso entre fronteras. De cómo desde el país de lo imaginario intentamos explicarnos qué es esa cosa tan extraña llamada realidad, en la que vivimos, amamos, crecemos y, todo hay que decirlo, morimos.
¿Tuviste alguna vez la sensación de leer algo que transformara tu visión del mundo y de la vida?
La iniciación literaria carece de espectacularidad, no es un concierto de rock, ni un relámpago, ni una visión. Es un proceso pasmosamente lento. Podría mentir y decir que fue transformadora la lectura de un determinado libro o la visita que le hice a Borges a los dieciocho años, alguna charla o entrevista con Abelardo Castillo, el taller con Hebe Uhart. Lo cierto es que si busqué a esos íconos es porque algo había ocurrido antes. Y eso anterior fue perderme de tarde en tarde en el modesto laberinto de la biblioteca familiar, en el calor que provenía de esos estantes polvorientos, del que surgió, para mí, la sal de la vida. O ver a mi padre escribiendo a la luz de un farol o a mi madre llenando crucigramas a medianoche, para conservar la memoria, según ella. Yo no sé si se puede amar a un libro; a un objeto. Sí creo que se puede articular a partir de leer libros un modo de pertenecer al mundo, de hacer amigos, de aprender a expresarse, a través de esa doble mirada: la que observa lo que hay alrededor y lo inaccesible, lo que está remotamente escondido dentro nuestro.
La iniciación literaria carece de espectacularidad, no es un concierto de rock, ni un relámpago, ni una visión. Es un proceso pasmosamente lento. Podría mentir y decir que fue transformadora la lectura de un determinado libro o la visita que le hice a Borges a los dieciocho años, alguna charla o entrevista con Abelardo Castillo, el taller con Hebe Uhart. Lo cierto es que si busqué a esos íconos es porque algo había ocurrido antes. Y eso anterior fue perderme de tarde en tarde en el modesto laberinto de la biblioteca familiar, en el calor que provenía de esos estantes polvorientos, del que surgió, para mí, la sal de la vida. O ver a mi padre escribiendo a la luz de un farol o a mi madre llenando crucigramas a medianoche, para conservar la memoria, según ella. Yo no sé si se puede amar a un libro; a un objeto. Sí creo que se puede articular a partir de leer libros un modo de pertenecer al mundo, de hacer amigos, de aprender a expresarse, a través de esa doble mirada: la que observa lo que hay alrededor y lo inaccesible, lo que está remotamente escondido dentro nuestro.
Sartre en ¿Qué es la literatura? valora el mensaje de la obra literaria por encima de lo estético y precisamente por eso libera a la poesía del compromiso con la realidad. Considera que la prosa es una herramienta para decir algo al mundo. ¿Creés que la literatura tiene que transmitir un mensaje?
Con el tiempo descubrí que nadie tiene razón cuando traza límites, los cartógrafos del pensamiento pueden ser genios dotados de un poder maravilloso para enlazar ideas y brindarnos el placer estético de ver su inteligencia en ebullición; no tienen razón porque nadie puede tener razón en estas cuestiones. Los buenos ensayos –y si algo pretende un ensayo es comunicar – se parecen a la poesía. La poesía va de contrabando en todos los géneros. Un ensayo de Sartre, de Borges, de Abelardo Castillo es también poesía porque la belleza nos remonta siempre a la poesía. La belleza no tiene razón y qué importa. En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, uf. Qué puedo decir. Todos en algún momento nos vimos entreverados en algo así; o nos entreveran de afuera. El mejor mensaje que un lector puede encontrar en un libro es una historia bien contada. La literatura sólo debiera utilizarse para una meta: la creación de lectores. Es un fin en sí y no hay meta más alta. Estamos mucho mejor que ayer al respecto.
Con el tiempo descubrí que nadie tiene razón cuando traza límites, los cartógrafos del pensamiento pueden ser genios dotados de un poder maravilloso para enlazar ideas y brindarnos el placer estético de ver su inteligencia en ebullición; no tienen razón porque nadie puede tener razón en estas cuestiones. Los buenos ensayos –y si algo pretende un ensayo es comunicar – se parecen a la poesía. La poesía va de contrabando en todos los géneros. Un ensayo de Sartre, de Borges, de Abelardo Castillo es también poesía porque la belleza nos remonta siempre a la poesía. La belleza no tiene razón y qué importa. En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, uf. Qué puedo decir. Todos en algún momento nos vimos entreverados en algo así; o nos entreveran de afuera. El mejor mensaje que un lector puede encontrar en un libro es una historia bien contada. La literatura sólo debiera utilizarse para una meta: la creación de lectores. Es un fin en sí y no hay meta más alta. Estamos mucho mejor que ayer al respecto.
¿Cuál es tu objetivo cuando escribís, pensás en los chicos como receptores de tu literatura?
Mi objetivo es escribir de la mejor manera posible, de verdad es lo que me importa. Después del primer borrador, a revisar y a corregir para que ese borrador cobre la forma apropiada. Pienso que el lector no puede ser muy diferente a mí. Escribiría igual sin lectores, porque no tengo más remedio que escribir; pero mi vida sería más melancólica y vacía. Sería una vida sin objetos de culto y el lector es algo así como una divinidad: tenemos fe en su existencia. Sospechamos que nos comprende y nos alienta.
Mi objetivo es escribir de la mejor manera posible, de verdad es lo que me importa. Después del primer borrador, a revisar y a corregir para que ese borrador cobre la forma apropiada. Pienso que el lector no puede ser muy diferente a mí. Escribiría igual sin lectores, porque no tengo más remedio que escribir; pero mi vida sería más melancólica y vacía. Sería una vida sin objetos de culto y el lector es algo así como una divinidad: tenemos fe en su existencia. Sospechamos que nos comprende y nos alienta.
Sé que en otras ocasiones te formularon esta misma pregunta, pero hay una inquietud entre los autores que recién comienzan acerca de cómo pueden iniciar su camino profesional. A partir de tu experiencia ¿qué les dirías?
¿Cómo pude yo? Me costó años. A la inmensa mayoría nos cuesta años: cinco, diez, quince años. La respuesta es fácil, lo difícil es que te publiquen. La respuesta es: leé mucho, ocupate de encontrar tu mejor forma y después, a fortalecerte, a aceptar con humildad una respuesta negativa, la indiferencia, el silencio, un consejo. Sobre todo hay que valorar a los editores generosos que, aunque no nos publiquen, se toman un tiempo para darnos sugerencias. Nada me parece más estéril que suponer que las “crueles leyes del mercado” conspiran contra nosotros. Es mejor suponer que los demás tienen razón, que tenemos potencial, pero que todavía nos falta afinar la puntería. Exigirnos un poco más, ser más rigurosos sin caer en la autocrítica destructiva, que es como un narcisismo al revés. Al fin y al cabo nadie nos pide ser genios. Cualquiera tiene derecho a ser el escritor que es, no el que sus modelos le hicieron ilusionar que podría ser. Me gusta pensar que quien encuentra una voz propia, tarde o temprano encontrará todo lo demás.
¿Cómo pude yo? Me costó años. A la inmensa mayoría nos cuesta años: cinco, diez, quince años. La respuesta es fácil, lo difícil es que te publiquen. La respuesta es: leé mucho, ocupate de encontrar tu mejor forma y después, a fortalecerte, a aceptar con humildad una respuesta negativa, la indiferencia, el silencio, un consejo. Sobre todo hay que valorar a los editores generosos que, aunque no nos publiquen, se toman un tiempo para darnos sugerencias. Nada me parece más estéril que suponer que las “crueles leyes del mercado” conspiran contra nosotros. Es mejor suponer que los demás tienen razón, que tenemos potencial, pero que todavía nos falta afinar la puntería. Exigirnos un poco más, ser más rigurosos sin caer en la autocrítica destructiva, que es como un narcisismo al revés. Al fin y al cabo nadie nos pide ser genios. Cualquiera tiene derecho a ser el escritor que es, no el que sus modelos le hicieron ilusionar que podría ser. Me gusta pensar que quien encuentra una voz propia, tarde o temprano encontrará todo lo demás.
Si te interesa saber más sobre Franco Vaccarini, entrá ahttp://es.wikipedia.org/wiki/Franco_Vaccarini
Si querés comunicarte con él: http://es-la.facebook.com/franco.vaccarini
Si querés comunicarte con él: http://es-la.facebook.com/franco.vaccarini
Flor de escritora nos espera en la Feria
Les presentamos a "Florencia Esses"
Nació en Buenos Aires en 1973. Cursó estudios en Ciencias de la Educación. Trabajó muchos años en la escuela “Mundo Nuevo” como bibliotecaria, luego en varios programas del Gobierno de la Ciudad también en promoción de la lectura.
Nació en Buenos Aires en 1973. Cursó estudios en Ciencias de la Educación. Trabajó muchos años en la escuela “Mundo Nuevo” como bibliotecaria, luego en varios programas del Gobierno de la Ciudad también en promoción de la lectura.
Es alumna del taller de escritura de Graciela Rep
ún.
Escribió los libros ¿Está lista la princesa?, ¿Adónde va el príncipe? y ¡Un ratito más!en coautoría con Graciela Repún. También con Graciela y Enrique Melantoni, escribió adivinanzas, colmos, tantanes, coplas y demás para la editorial Planeta. En la editorial SM, publicó los libros, Mamá maga y Juana, ¿dónde estás?. Publicó cuentos en la revista Billiken, cuentos y poesías en manuales escolares de Santillana, Estrada, Tinta Fresca, entre otras editoriales. Algunas de sus producciones se pueden ver en “La Biblio de los Chicos” de la revista virtual “Imaginaria”. Escribió cuentos sobre educación ambiental y educación sexual para el Gobierno de la ciudad. Escribe la sección de adivinanzas de “La Valijita”.
Vive en Colegiales con su marido y sus dos hijas.
Les dejamos un video para que conozcan su obra desde su propia voz.
viernes, 4 de julio de 2014
"LA JURASIC 30"
También va a estar en nuestra Feria, MONSTRUOSAMENTE INTERESANTEEE!!!!!!
Sebastián Apesteguía
Paleontólogo, doctor en Ciencias Naturales de la Universidad de La Plata, investigador adjunto de CONICET en la Universidad Maimónides.
Es también Profesor titular de Herpetología en la Universidad CAECE desde 2005. Se inició en el Museo Argentino de Ciencias Naturales a los 18 años, trabajando bajo la dirección de José Bonaparte.
Desde 1999 comenzó a buscar dinosaurios en la Provincia de Río Negro habiendo descubierto cuatro localidades fosilíferas nuevas. Desde 2003 dirige el Área de Paleontología de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara, con su temática principal enfocada en las faunas cretácicas sudamericanas y en especial los reptiles de Patagonia. Ha publicado 42 trabajos científicos en revistas como Nature, Naturwissenschaften, Cretaceous Research, el Journal of Vertebrate Paleontology y Ameghiniana. Es miembro de la Society of Vertebrate Paleontology, Asociación Paleontológica Argentina, Sociedad Científica Argentina y la Fundación Félix de Azara. Ha recibido subsidios de investigación de “The Jurassic Foundation” desde 2002 y de CONICET y la “National Geographic Society” desde 2012.
Ha realizado unos 40 viajes de campaña paleontológicos, principalmente en la Patagonia, pero también en el norte y oeste argentino, así como en Bolivia, Ecuador, EEUU, Hungría y Francia. Es también autor de varios libros de divulgación científica sobre Paleontología, así como uno más general llamado “Vida en Evolución”.
Son frecuentes sus participaciones en ciclos de difusión masiva, tras sus comienzos como participante y luego como jurado en Tiempo de Siembra (Pancho Ibáñez, 1994), en Canal Encuentro (Naturalistas Viajeros), y en Canal 7 donde es columnista de Científicos Industria Argentina (Adrián Paenza) y conductor de “Dicciosaurio”. Actualmente realiza una serie de ficción de 4 capítulos para Tecnópolis.
Sebastián Apesteguía
Paleontólogo, doctor en Ciencias Naturales de la Universidad de La Plata, investigador adjunto de CONICET en la Universidad Maimónides.
Es también Profesor titular de Herpetología en la Universidad CAECE desde 2005. Se inició en el Museo Argentino de Ciencias Naturales a los 18 años, trabajando bajo la dirección de José Bonaparte.
Desde 1999 comenzó a buscar dinosaurios en la Provincia de Río Negro habiendo descubierto cuatro localidades fosilíferas nuevas. Desde 2003 dirige el Área de Paleontología de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara, con su temática principal enfocada en las faunas cretácicas sudamericanas y en especial los reptiles de Patagonia. Ha publicado 42 trabajos científicos en revistas como Nature, Naturwissenschaften, Cretaceous Research, el Journal of Vertebrate Paleontology y Ameghiniana. Es miembro de la Society of Vertebrate Paleontology, Asociación Paleontológica Argentina, Sociedad Científica Argentina y la Fundación Félix de Azara. Ha recibido subsidios de investigación de “The Jurassic Foundation” desde 2002 y de CONICET y la “National Geographic Society” desde 2012.
Ha realizado unos 40 viajes de campaña paleontológicos, principalmente en la Patagonia, pero también en el norte y oeste argentino, así como en Bolivia, Ecuador, EEUU, Hungría y Francia. Es también autor de varios libros de divulgación científica sobre Paleontología, así como uno más general llamado “Vida en Evolución”.
Son frecuentes sus participaciones en ciclos de difusión masiva, tras sus comienzos como participante y luego como jurado en Tiempo de Siembra (Pancho Ibáñez, 1994), en Canal Encuentro (Naturalistas Viajeros), y en Canal 7 donde es columnista de Científicos Industria Argentina (Adrián Paenza) y conductor de “Dicciosaurio”. Actualmente realiza una serie de ficción de 4 capítulos para Tecnópolis.
Que facha la de nuestra fachada!!
Aplauso, medalla y beso para la hacedora del hermoso cartel para la Feria!!!
Muchas gracias Selene Lozano, mamá de Enya de 3 A, por donar tu creatividad y trabajo!!!

¡¡¡Escriban, escriban que ella dibuja!!!
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Claudia Legnazzi nació en 1956. Estudió pintura en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y desde 1985 se dedica a la ilustración de literatura infantil. En 1993 se radicó en México, donde ilustró libros para editoriales como Macmillan, Ediciones SM, UNAM, Fondo de Cultura Económica y Editorial Santillana de EEUU. Desde el 2004 reside nuevamente en Argentina. Ha ilustrado historias de diferentes autores y también escribe e ilustra sus propios libros.
Premios:
2002 – Gran Premio del Concurso NOMA de ilustraciones de libro del Centro Cultural Asia/Pacífico de la UNESCO por el libro Yo tengo una casa (FCE).
2002 – Primer Premio del Catálogo de Ilustradores de Publicaciones Infantiles y Juveniles de México otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CONACULTA).
2002 – Primer Premio del Certamen Internacional de Libro Ilustrado otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CONACULTA) por el libro El mar de Ana (Ediciones SM).
2001 – Mención Especial del Jurado del Primer Certamen de Álbum Infantil Ilustrado Ciudad de Alicante, España, por el libro Gato gato (Editorial Diálogo).
1996 – Runner up del Concurso NOMA de ilustraciones de libro del Centro Cultural Asia/Pacífico de la UNESCO por el libro Los juegos de Carolina y Gaspar de Augusto Roa Bastos (Editorial CIDCLI).
1996 – Segundo Premio del Catálogo de Ilustradores de Publicaciones Infantiles y Juveniles de México otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CONACULTA).
1993 – Lista de Honor de ALIJA (Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina) por la ilustración de Irulana y el Ogronte de Graciela Montes (Libros del Quirquincho).
1992 – Primer Premio al mejor libro infantil editado en el año, otorgado por la Cámara Argentina del Libro por el libro Cuento disparatado (Editorial Guadalupe).
Exhibiciones:
2004 – “Magic Pencil. Children’s Book Illustration Today”, organizada por el British Council, Argentina.
1997-2002 – “Pintacuentos”, muestra itinerante del Museo Papalote del Niño, México DF.
2003 – Bienal de Ilustradores de Bratislava, Eslovaquia.
2002 – International Library of Children’s Literature, Tokyo.
1997 – Bienal de Ilustradores de Bratislava, Eslovaquia.
1997-1998 – Seibu Art Forum, Japón.
1997-1998 – International Board on Books for Young People’s Congress, India.
Sus trabajos fueron adquiridos por el Chihiro Art Museum de Japón y pertenecen a su colección permanente.
jueves, 3 de julio de 2014
Pensando Siempre LLegamos
El viernes 11 de Julio a las 18 hs. tendremos el gusto de poder compartir la presentación de este revolucionario libro en nuestra escuela en el marco de nuestra 1° Feria del Libro.
NO TE LA PIERDAAAAAASS!!!!!!!!
Libro "Usar el Cerebro"
Sin embargo, en los últimos años las neurociencias emergieron como una nueva herramienta para intentar entender estos y otros enigmas. Por tratarse de una disciplina tan importante, ligada a preguntas e interrogantes vitales, es fundamental que su trabajo y sus logros no queden atrapados en laboratorios, sino que sean conocidos y puestos en común por todos y cada uno de nosotros. Y es ahí en donde un libro como Usar el cerebro se vuelve indispensable. Porque Facundo Manes –una autoridad internacional en el tema– de la mano de Mateo Niro, no solo dejan en claro que el estudio neurocientífico resulta tan apasionante como innovador, sino que, más allá de sus alcances, ha logrado progresos y descubrimientos que permitieron enriquecer la calidad de vida de millones de personas. En pocas palabras: conocer nuestra mente para vivir mejor.
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